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Por qué controlas lo que sientes en vez de entenderlo

11 sept
5 min de lectura

Si te reconoces más "manejando" tus emociones que sintiéndolas de verdad —si tragas, racionalizas, te distraes o te enojas por otra cosa en vez de nombrar lo que realmente pasa por dentro— no es que seas frío ni que "no tengas" ciertas emociones. Es que en algún punto aprendiste que controlarlas era más seguro que sentirlas. Y esa estrategia, que en su momento te protegió, hoy probablemente te esté costando más de lo que te está dando.

De dónde viene: cómo aprendiste a controlar en vez de sentir

La forma en que regulamos las emociones no nace con nosotros — se aprende, muy temprano, observando cómo responden los cuidadores cuando sentimos algo fuerte. El psicólogo John Gottman describe dos estilos opuestos: el "emotion coaching" (un cuidador que valida la emoción, la nombra contigo y te acompaña a atravesarla) y el "emotion dismissing" (un cuidador que la ignora, la minimiza, se incomoda con ella o directamente la castiga). El primero enseña que sentir es seguro. El segundo enseña que sentir es un problema que hay que resolver rápido — o esconder.

A esto se suma, para los hombres en general, un guion cultural que Ronald Levant describe como "alexitimia normativa masculina": la idea, aprendida socialmente, de que un hombre "fuerte" no necesita mostrar —ni sentir del todo— ciertas emociones, sobre todo tristeza y miedo. El enojo suele quedar como la única salida emocional que sí está permitida, porque se lee como fuerza en vez de vulnerabilidad.

La capa extra en hombres gay

En hombres gay, controlar lo que sientes deja de ser solo "ser hombre" y se vuelve también "no llamar la atención". Bajo lo que el investigador Ilan Meyer llama estrés de minorías, monitorear constantemente cómo te muestras —qué tan "obvio" te ves, qué tanto puedes relajarte según el espacio en el que estás— se vuelve una habilidad de supervivencia aprendida desde joven. Y una habilidad que se practica tanto tiempo es difícil de apagar, incluso cuando ya estás en un espacio que sí es seguro.

Cómo se manifiesta hoy

Esto no se queda en la teoría — se nota en la vida diaria de formas muy concretas:

•     En pareja, como dificultad para nombrar lo que sientes en el momento exacto en que lo sientes — lo procesas horas o días después, si acaso.

•     En amistad, como ser el que siempre escucha bien a los demás, pero rara vez comparte lo propio.

•     En el cuerpo, como tensión sostenida, insomnio o cambios de apetito que no conectas con nada emocional — porque la emoción nunca llegó a nombrarse, solo salió por otro lado.

•     Confundir estar tranquilo con no sentir nada, cuando en realidad es la misma calma aparente que Mikulincer y Shaver describen en el apego evitativo: por fuera no pasa nada, por dentro sigue activo.

•     Sentir culpa por poner un límite, como si necesitar algo —o decir que no— ya fuera "exagerar".

No es solo lo malo: también controlas lo bueno

Hasta aquí suena a que el problema es solo con el miedo, la tristeza o el enojo. Pero la misma costumbre de controlar aplica a las emociones positivas — y de esto casi nadie habla.

El psicólogo Paul Gilbert describe el "miedo a las emociones positivas": en personas con mucha autocrítica, o que crecieron en ambientes donde la alegría se sentía peligrosa —porque atraía envidia, un "no te la creas", o porque después de algo bueno solía venir un golpe—, sentir alegría genuina empieza a generar ansiedad en vez de disfrute. El cerebro aprende a desconfiar de sentirse bien, casi tanto como aprendió a desconfiar de sentirse mal.

La investigadora Shelly Gable estudió lo que llama "capitalización": compartir algo bueno que te pasó con otra persona fortalece o debilita el vínculo, según cómo responda esa persona. El problema es que mucha gente deja de compartir lo bueno —un logro, una ilusión, un "me siento increíble hoy"— por miedo a sonar que presume, a "gafarlo", o porque nunca vio a nadie a su alrededor compartir alegría sin restarle importancia después.

En hombres gay esto tiene una capa extra muy concreta: mostrar afecto en público —una mano tomada, un abrazo, decir "te amo" frente a otros— sigue siendo, en muchos contextos, una emoción positiva que se atenúa por seguridad real, no por timidez. Es el mismo monitoreo constante del estrés de minorías, aplicado a lo bueno en vez de a lo malo. Y en padres de hijos gay puede pasar algo parecido: sentir orgullo genuino por su hijo, y aun así callarlo o suavizarlo frente a ciertos círculos sociales por miedo al juicio.

Esto se nota como minimizar un logro propio antes de que alguien más lo haga ("no fue nada", "tuve suerte"), sentir que hay que "pagar" después por un momento de alegría muy intensa, guardarte una buena noticia por si acaso la respuesta del otro no está a la altura, o bajar el volumen del afecto en público incluso donde ya no habría un riesgo real.

Por qué no nombrarlas no las quita

Aquí está lo que más cuesta aceptar: controlar una emoción no la elimina, solo la pospone — sea que duela o que te alegre. Y lo que se pospone no desaparece — se acumula, y termina saliendo de otra forma: como cansancio que no tiene explicación clara, como enojo desproporcionado por algo pequeño, como distancia en una relación que en el papel va bien, o simplemente como una vida que se siente más apagada de lo que debería, porque hasta lo bueno se vive con el freno puesto. No sentir no te protegió. Solo aplazó lo que sí sentías.

No todas las emociones cuestan lo mismo de nombrar. Vergüenza, envidia, miedo — suelen ser de las más difíciles, porque nombrarlas se siente como admitir algo sobre ti, no solo describir lo que sientes. Pero nombrar una emoción no la vuelve más grande. La vuelve manejable. Es la diferencia entre estar gobernado por algo que no puedes ver del todo, y tener por fin algo concreto con lo que trabajar.

Cómo empezar a cambiarlo

El primer paso no es "sentir todo, todo el tiempo" — es notar el momento exacto en el que empiezas a controlar, y en vez de seguir esa costumbre automática, simplemente nombrar lo que está pasando, sin actuar todavía. Solo nombrarlo. Con el tiempo, ese pequeño hábito es lo que te devuelve la información que llevas años apagando — y esa información es la que realmente necesitas para entender qué te pasa, en vez de solo controlarlo.

¿Hay algo bueno que sentiste hace poco y que te guardaste, en vez de mostrarlo? Si quieres identificar tu propio patrón con las emociones y empezar a trabajarlo, puedes hacer el Autodiagnóstico de Emociones —gratuito— en [mauricioraigosa.com](https://www.mauricioraigosa.com).

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